La caza de Elena Fernández Prada. Prorrogada hasta el 30 de agosto

Título: La caza

Artista: Elena Fernández Prada

Comisario: Javier Pérez Buján

24 de abril – 12 de julio (prorrogada hasta el 30 de agosto)

Sala B.

 

Ver entrevista y reporataje en el programa Zigzag Diario de la Televisión de Galicia

Crónica de la exposición en el Diario Cultural de la CRTVG, minuto 3

La caza es la primera exposición individual de Elena Fernández Prada en Galicia, después de las individuales Viaje a Surinam en La New Gallery, Madrid, en 2012 y Buscando la felicidad en el Centro Tomás y Valiente de Fuenlabrada, en 2014. La artista participó recientemente en la exposición colectiva titulada Lo real maravilloso, en el (MOT) Museum of Contemporary Art Tokyo en Japón, además de estar presente también en la exposición colectiva titulada 1915-2015, una relectura del siglo, dentro del Festival SYMPHONOS que tuvo lugar los  días 9, 10 y 11 de abril en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid.

EL PROYECTO

 

La Fundación Laxeiro presenta la exposición individual titulada La caza, de Elena Fernández Prada (León, 1971). El proyecto se enmarca dentro de la investigación que la artista lleva realizando en los últimos años sobre los procesos de representación figurativa y su descontextualización, una investigación que pone de manifiesto la relativización de la idea de mímesis y, con ello, las diversas convenciones que en cada época y en cada contexto, posibilitan la lectura de códigos concretos en clave representativa.

La caza se compone de diversas piezas formadas por imágenes extraídas de los tomos titulados Ciencias naturales y Curiosidades del reino animal, pertenecientes a la Enciclopedia Bruguera, editada en 1978, a partir de las que la artista realiza un trabajo de apropiación, descontextualización y condensación de imágenes para construir una obra que evidencia el cambio de la relación entre el hombre y la naturaleza en los últimos treinta años. El propio título de la exposición –La caza– hace referencia a lo extrañas que resultan ahora, vistas con perspectiva, las escenas que se recreaban en aquellas enciclopedias divulgativas, destinadas principalmente al público infantil y juvenil, y a la violencia con la que se representaba la naturaleza y la relación del hombre con esta.

La exposición se compone de Isla, un mural realizado en tinta negra, aplicada directamente sobre la pared, que ocupa la totalidad de uno de los paños de la sala (600 x 250 cm.); la serie que da título a la exposición, formada por cinco grabados realizados con la técnica de punta seca sobre papel y por tres tintas negras sobre papel; y un conjunto de retratos de diversas especies de simios, realizados en tinta negra sobre papel y expuestos en vitrina, a modo de gabinete de ciencias naturales, bajo el título genérico: Ellos.

En este trabajo están presentes elementos que son una constante en la producción de Elena Fernández Prada, como la relación entre la representación artística y la representación científica o, en este caso, divulgativa; la caducidad de la organización del saber y, por tanto, de la construcción del discurso científico; y la relatividad de la representación figurativa como herramienta de representación de una realidad objetiva.

EL MONTAJE

Elena Fernández Prada vuelve a jugar con esas variables utilizando la composición de imágenes mediante el recurso de la condensación, componiendo las acumulaciones neobarrocas características de su trabajo que, en este caso, abandonan el color para construir un montaje realizado totalmente en blanco y negro, lo que dota de cierta sobriedad al proyecto, e introduce un interesante contraste entre el exceso compositivo y la limitación del cromatismo al blanco y negro.

La sobriedad rige también el montaje, solucionado con la exhibición de las piezas sin enmarcar, tanto en las vitrinas como en las paredes e incorporando así la materialidad del soporte, el papel, como elemento que contribuye, por un lado, a reforzar esa sobriedad y por otro, a enfatizar la función documental de las obras, en un juego ambiguo entre la imagen artística y la imagen testimonial.

LA OBRA

LA CAZA. El sentido del humor, otra de las características de la obra de Elena Fernández Prada, está presente también en la exposición, debido a la narrativa absurda que resulta de la relación entre cada uno de los motivos que componen cada pieza. Siguiendo esta pauta, los grabados recrean acumulaciones caóticas de animales y seres humanos, atrapados en un violento caos compositivo en el que la lucha parece ser el hilo argumental, un caos enfatizado formalmente por la ausencia de líneas de contorno en el dibujo y una organización espacial circular que parece obviar las leyes de la gravedad y, por tanto, de la composición figurativa clásica. Los personajes se presentan así en una maraña, flotando en un espacio neutro, en una solución compositiva que genera cierta confusión y un interesante dinamismo.

Como contrapunto, las tres tintas negras sobre papel son una recreación de la silueta de las marañas representadas en los grabados, en las que es posible rastrear la huella de las pinceladas aplicadas sobre el papel que, a pesar de las diferentes calidades de las mismas, construyen una masa de tinta negra. En los contornos se adivinan siluetas de animales y personas como única referencia figurativa. Estas piezas funcionan como una paradoja visual. Son a la vez representación y no representación, el contorno del dibujo nos anuncia lo representado y el resto, la mancha, nos lo niega. Tienen a la vez una cierta reminiscencia de las famosas manchas que componen el test de Rorschach, una referencia que encaja de forma muy natural en el universo visual de Elena Fernández Prada y su continua revisión de las representaciones científicas del pasado, a la vez que parecen una invitación a entrar en el juego de libre asociación que el test propone. Podría decirse que, con estos dibujos, Elena Fernández Prada introduce una cierta crueldad, al dejar patente ante el espectador su poder para mostrar o tapar/negar lo representado, a la vez que descubre y propone una nueva mirada, retiniana y no narrativa, con la introducción de la huella y la textura de la pincelada, en total contraposición con la figuración que ha caracterizado toda su producción hasta el momento.

ISLA. El mural que se puede ver en uno de los paños de la sala, modula el tono general de la exposición por su relativa espectacularidad en relación al resto de las obras de mediano y pequeño formato. En él, el recurso de la condensación se magnifica, resultando una escena de tintes oníricos, compuesta por elementos diversos, todos ellos extraídos también de la Enciclopedia Bruguera, que nos remiten a ambientes del cómic y el cine fantástico y de aventuras. Buzos, insectos, peces, paracaidistas, soldados, paleontólogos, dinosaurios y plantas conviven sin solución de continuidad en un mundo imposible que compone una suerte de friso repleto de pequeñas escenas a la manera de los cuadros de El Bosco. El título, Isla, nos sugiere la posibilidad de su existencia en un lugar remoto, aislado del mundo conocido. La condensación, al contrario de lo que sucede con la obra gráfica, compone aquí un paisaje posible en cuanto a su disposición espacial horizontal, repleto sin embargo de incoherencias narrativas propias de la mejor tradición del collage fotográfico. La apariencia de ilustración infantil y juvenil que domina toda la iconografía de la pieza, nos remite a la publicación titulada Kalkitos, distribuida por entregas en España a finales de los años setenta por la división de papelería de Guillete Española, S.A. que consistían en un fondo ilustrado con un lugar vacío que hacía las veces de decorado (un paisaje del oeste, una batalla naval, etc.) y una serie de personajes y objetos adhesivos que se pegaban en la parte de la escena que el usuario eligiera. Los Kalkitos representaban de una forma muy lúdica y en clave infantil, ciertos procesos que tienen que ver con la descontextualización y la fragmentación de la información, tan definitorios de la iconografía posmoderna y fueron un indudable antecedente material del recurso del corta y pega, característico de la cultura digital. Cronológicamente, coinciden con la enciclopedia de la que la artista extrae la totalidad de las imágenes que forman la exposición, finales de la década de los años setenta, razón por la que quizás esta reminiscencia resulte tan natural.

ELLOS. La exposición se completa con una serie de tintas sobre papel que, dispuestas en cuartillas sobre una vitrina, recrean a modo de retrato, diversas especies de simios extraídas de la enciclopedia citada. En estas obras el sentido lúdico y, en cierto modo humorístico, se convierte en un cierto extrañamiento, provocado por la innegable humanidad de la mirada de los simios y su manera de posar como si se tratara de retratos fotográficos en los que cada animal fuera consciente del momento del disparo de la cámara. Este detalle, el posado tan humanizado de los monos, cambia el tono global de la exposición, actuando de catalizador de una mirada que ahora se torna menos lúdica y más inquietante. Las escenas de los grabados que, a pesar de su violencia, podrían habernos parecido divertidas por lo absurdo y excesivo de las mismas, se tornan ahora un poco turbadoras; los dibujos a tinta negra, vistos antes como un juego entre figuración y abstracción o afirmación y negación de la representación, se nos presentan ahora como la negación de una información que, por sus contornos, nos parece también más perteneciente al mundo del terror que al mundo del humor y el mural, todo un vergel de fantasía infantil y juvenil con sabor a los años setenta, se torna ahora en un lugar amenazador, en el que cualquier criatura, por terrible que sea, pude existir.

La exposición pasa así del absurdo humorístico al absurdo terrorífico, en una retórica controlada por la cuidadosa elección y disposición de las piezas en el espacio expositivo, que al final de la visita hace evidentes las posibilidades de la manipulación de la información que, en última instancia, es uno de los temas centrales en la obra de Elena Fernández Prada.

Fundación Laxeiro

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