Arturo Souto. Nueve óleos sobre lienzo.

Arturo Souto, nueve óleos sobre lienzo

Ciclo Los Renovadores II

Inauguración: viernes, 14 de marzo, 20.00h.

14 de marzo – 22 de junio

En colaboración con

Galería Montenegro

 

(Ver reportaje en Zigzag diario de la TVG.)

También puedes ver un reporaje de la exposición en la CRTVG

y este es el más reciente, emitido en la CRTVG el pasado 10 de junio

La Fundación Laxeiro, en colaboración con la Galería Montenegro, inaugura la segunda entrega del ciclo Los renovadores con la exposición titulada Arturo Souto, nueve óleos sobre lienzo.

 

CICLO LOS RENOVADORES

 

Si en 2013, era Manuel Colmeiro quien Inauguraba el ciclo, con una selección de obras sobre papel de pequeño formato, pertenecientes a su primera época, en la que se mostraron por primera vez, algunas piezas inéditas; en esta ocasión, el artista elegido es Arturo Souto (Pontevedra, 1902 – México 1964), un artista que desempeñará un papel importante en la configuración de lo que se llamó la estética granítica, un concepto que sirvió para definir la forma de pintar de Los Renovadores en el primer tercio del siglo XX y que tuvo su continuidad en años posteriores de forma diferente en cada autor de dicho grupo.

 

La obra que se muestra en esta exposición, lejos de consistir en bocetos y dibujos preparatorios, como sucedió con la exposición de Manuel Colmeiro antes mencionada, está formada por nueve óleos sobre lienzo, fechados entre 1930 y 1962. Se trata, por tanto, de obras muy destacadas dentro de la trayectoria del artista, muchas de ellas profusamente documentadas en diversas publicaciones que son ya parte de la imagen de marca de este singular pintor.

 

LAS OBRAS

 

Pueden verse piezas tan singulares como La farándula, de 1931, año en el que Arturo Souto viaja por segunda vez a París, gracias a una beca de la Diputación de Pontevedra. El artista tiene 29 años y, acorde con su juventud, está muy comprometido con las vanguardias, algo que hace público con su adhesión a manifiestos como el de los Ibéricos (1925) o el Manifiesto AGAP (1931). Su estética, a medio camino entre el decadentismo fin de siglo y la Nueva Objetividad que arranca del Retorno al orden proclamado por Jean Cocteau en 1926, se plasma en esta pieza utilizando elementos del Neoclasicismo desarrollado por artistas como Picasso, como inicio de un nuevo camino figurativo después de la resaca de las vanguardias de descomposición de la imagen, como la Abstracción, el Constructivismo, el Suprematismo o el Cubismo.

 

La farándula recrea un ambiente melancólico, acentuado por el punto de fuga del paisaje y cierta soledad existencial de los personajes, tratados con volúmenes rotundos y esquemáticos que adelantan ya su interés por la pintura de la Vanguardia italiana en la que profundizará más tarde, cuando viaje a la Academia de España en Roma, en 1934. Autores de la Pintura metafísica como Giorgio De Chirico o Mario Sironi están ya presentes en esta obra que recrea de forma magistral ese sentimiento de deshumanización tan característico en la Europa del período de entre guerras.

 

Precisamente, de su período itialiano (1934-1936) se muestran dos piezas fundamentales, como son El espantapájaros y Carnaval. Dos obras muy representativas de la temática de la pintura italiana de aquellos años, como la deshumanización del individuo que antes mencionábamos que De Chirico recreaba en sus célebres maniquíes y que Souto recrea reproduciendo un espantapájaros y personajes con máscaras, coincidiendo con el Laxeiro de estos años, recordemos Mascarón o Carnavalada que se pueden ver en la Colección permanente de la Fundación Laxeiro. El carnaval cumple así una función de distanciamiento y ocultación con la que nuestros Renovadores expresan ese sentimiento de deshumanización antes mencionado.

Después de numerosos viajes y exposiciones por España, Europa y Norteamérica, Arturo Souto se instala en México, donde fijará su residencia y allí se interesa por la tradición muralista del país azteca, además de por el exotismo de culturas lejanas. El rapto de 1943 recrea, mediante la composición en fuga, tan característica del artista, una escena lejana en el tiempo y en el lugar que nos introduce en el misterioso Oriente a través de un magistral claroscuro, facturado con esa textura granítica que el autor sigue practicando en esa época. Un juego de luces y sombras que, igual que ocurre con Laxeiro, utiliza para acentuar el misterio de la escena, componiendo un sugerente relato con ese equilibrio tan característico entre la escena interior del primer plano y el paisaje en el punto de fuga de la obra.

 

A pesar de su experiencia americana, El rapto sigue siendo una pieza con indiscutible sabor francés, deudora, sin duda, de la evasión característica del art nouveau del cambio del siblo XIX al XX que Souto actualiza con el recurso técnico de la pincelada matérica, definitoria de la estética granítica, del que encontramos otro fantástico ejemplo en esta exposición, ya de principios de los años sesenta, como es la pieza titulada Mujeres en el puerto. Una escena de burdel en la que la pincelada metérica, sirve en esta ocasión para desdibujar los contornos de las figuras situadas en el interior de una habitación, en contraste –otra vez- con el paisaje en fuga, esta vez portuario, que se enmarca en una ventana, en el fondo de la escena.

 

El paisaje adquiere protagonismo en la exposición, mediante cuatro obras que completan la muestra, datadas en diferentes años de la década de los años cuarenta. Se trata de piezas más complacientes desde un punto de vista temático en las que el autor despliega toda su sabiduría en el tratamiento del espacio y de la luz.

 

Paisajes urbanos como Puerto de La Rochelle, de 1940; Tordesillas, de 1945; Panteón, de finales de los años cuarenta y Plaza de Castilla, Chinchón, de 1950, representan, en conjunto, los diferentes recursos de Arturo Souto en el tratamiento del paisaje. Así, Puerto de La Rochelle nos muestra un Souto inscrito todavía en el relato de la evasión, componiendo una escena, todavía en fuga, con la promesa de un barco que nos llevará a latitudes lejanas, inscrito en un paisaje granítico con un cielo que parece amenazar con caerse sobre la ciudad, imprimiendo a la escena una cierta irrealidad, característica del misterio que rodeaba la temática del pintor por esos años.

 

Tordesillas, pintado cinco años mas tarde, tiene un tratamiento muy diferente. De composición totalmente frontal, la pincelada está más integrada, con la que consigue una gama cromática menos contrastada que conecta con el paisajismo español de la Generación del 98, tan dado a la recreación de los pueblos castellanos.

 

Plaza de Castilla, Chinchón, de 1950, se aleja sin embargo de esta línea y se adentra en un tratamiento del color que desdibuja los contornos y da un gran protagonismo a la luz que, mediante su incidencia en las medianeras de los edificios, organiza el esquema compositivo de toda la obra, rematado por la rotunda presencia del Castillo de Chinchón, bajo un cielo encapotado que es pura abstracción.

 

Completa esta serie de paisajes, Panteón, de finales de los años cuarenta, quizás la obra más amable de toda la exposición. En Panteón, la escena, inequívocamente decimonónica, con carruajes de caballos y mujeres vestidas de época, contrasta con un tratamiento formal desdibujado, en el que la mancha vuelve a organizar toda la escena e introduce una interesante tensión entre la temática y el tratamiento formal.

LA EXPOSICIÓN

En su conjunto, la exposición muestra las diversas líneas de trabajo que caracterizan la obra de Souto. Formalmente, están presentes en estas piezas, la estética granítica, el tratamiento de la luz y el color, las composiciones complejas con primeros planos y perspectivas en fuga, la combinación entre escenas de interior y de exterior en una misma obra y la esquematización de los personajes.

 

Desde un punto de vista temático, la soledad existencial, un cierto extrañamiento metafísico, la recreación de escenas exóticas y sus características escenas de burdel, son temas que van construyendo, a lo largo de su trayectoria, un discurso personal y cosmopolita que sitúan su pintura en las preocupaciones del arte internacional de la época, incluyendo además, su maestría con el tratamiento del paisaje desde diferentes presupuestos formales.

 

Por todo ello, la exposición supone una buena ocasión de revisión o descubrimiento de la obra de uno de los artistas capitales en la renovación de la plástica gallega del siglo XX, no demasiado conocido por el gran público. Una ocasión que es posible gracias a la colaboración de la Fundación Laxeiro con la galería Montenegro, prestadora de la totalidad de las piezas que conforman la exposición.

ARTURO SOUTO. BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA

 

Arturo Souto (Pontevedra, 1902 – México 1964) mostró su afición por la pintura ya desde niño al lado de su padre, pintor aficionado, y fue en 1920 cuando al trasladarse con su familia a Sevilla se consolidó su vocación, entrando en contacto con otros artistas andaluces. En 1922 se instala en Madrid e ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde conoce a Dalí, entre otros artistas y asiste a diferentes tertulias de la capital, en las que inicia una amistad con Valle Inclán.

 

En 1925 realiza su primera exposición individual en la Casa de Galicia en Madrid, después de participar en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Este mismo año firma, junto con otros creadores como Alberto Sánchez, el vigués José Frau o Rafael Alberti, el Manifiesto de Los Ibéricos, reivindicando la obra de artistas ignorados por el arte oficial español como Picasso, Juan Gris, Julio González y Gargallo. Llegan a hacer una exposición como grupo en el Palacio del Retiro que constituyó un revulsivo en la vida cultural de la época. Sobrevive completando la escasa paga paterna, haciendo decoración de porcelanas y consigue así financiarse su primer viaje a París, en 1926, a donde volverá en 1931, con una beca de la Diputación de Pontevedra.

Participa en importantes exposiciones colectivas y realiza muestras en Madrid, a finales de los años veinte, en Pontevedra, en 1928, Santiago en 1930, A Coruña en 1931, Vigo en 1932 etc. En estos años experimenta con diferentes técnicas y su obra adquiere un esteticismo dandi y cierto decadentismo que caracterizarán su producción de estos años. Por medio del poeta Luis Pimentel, el Círculo de las Artes de Lugo le encarga seis paneles para sus salones en los que plasma toda la personalidad e una obra ya destacable y genuina. Ilustra diversas novelas y colabora con la revista madrileña Blanco y Negro.

 

En 1931 firma el manifiesto de AGAP (Agrupación Gremial de Artistas Plásticos) junto a Santiago Almela, Francesc Badía, Emiliano Barral, Botí, Julián Castedo, Climent, Rafael Dieste, Isaías Díaz, Díaz Yepes, Cristino Mallo, Mateos, Francisco Maura, Moreno Villa, Santiago Pelegrín, Pérez Mateo, Servando del Pilar, José Planes, Puyol, Renau, Rodríguez Luna, Santa Cruz y Winthuysen.

 

En 1934 recibe una beca para asistir a la Academia Española en Roma, permaneciendo en Italia, con incursiones a París, hasta 1936. Se interesa por la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y los miembros del grupo Novecento que ejercerán una gran influencia sobre su trabajo, incorporando a su pintura Arquitecturas clasicistas, un cierto extrañamiento espacial, una estética arcaizante y el aspecto rugoso de la pintura mural, coincidiendo en estas soluciones con compañeros de generación como el propio Laxeiro, Luis Seoane, Manuel Colmeiro o Carlos Maside, inaugurando así lo que se conoció como Estética granítica

 

Regresa a España en junio de 1936 y le sorprende la Guerra Civil en Madrid. Enseguida se une al bando republicano e ingresa en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Participa activamente en la propaganda republicana con dibujos y carteles, y colaborando como ilustrador en publicaciones como El Mono Azul, El Buque Rojo, Nova Galiza, El Combatiente, Nueva Cultura y Hora de España, entre otras. En 1937 asiste al Congreso Internacional de Escritores que se celebra en Valencia, donde reside desde el mes de noviembre del año anterior y participa en la Exposición Internacional de París, en el pabellón diseñado por Sert, donde también se encontraba El Guernica Picasso, a quien había conocido dos años antes. En 1938 viaja a Bélgica y expone en Bruselas, donde es elogiado por el pintor James Ensor.

 

Después de la guerra, viaja como exiliado desde Barcelona a Burdeos y La Habana, donde realiza varias exposiciones, para partir más tarde a Nueva York, Los Ángeles y Filadelfia, exponiendo en esas ciudades. En 1942 se traslada a México donde no tardará en exponer, identificándose con ciertos aspectos de la pintura muralística mexicana. Será en México donde fijará su residencia hasta 1964, realizando numerosas exposiciones en aquel país y otros de América Latina.

 

En 1962 regresa a España y realizará una primera exposición en la Sala Velázquez de Vigo. Profundamente defraudado por la escasa acogida de la muestra y la ausencia de sus antiguos amigos gallegos, se marcha para exponer en Santiago, Madrid y Bilbao. En 1964 regresa a México para recoger sus pertenencias e instalarse definitivamente en España, pero un infarto acabará con su vida en la capital mexicana.

 

Fundación Laxeiro

La Fundación Laxeiro fue constituída legalmente el 23 de febrero de 1999 por acuerdo del Ayuntamiento de Vigo y de la Familia del pintor siendo declarada por las consellerías de Presidencia y Administración Pública y de Cultura, Comunicación Social y Turismo, de la Xunta de Galicia, de INTERÉS CULTURAL y de INTERÉS GALLEGO respectivamente.

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